Un día cualquiera recibí una llamada en mi celular de alguien a quien no conocía. Se consiguió mi número de celular de algún modo que desconozco y me dijo que me llamaba para felicitarme por una carta al diario que me habían publicado ese día o el anterior. Me dio su nombre y me contó que él también publicaba muchas cartas. Como estaba en mitad del trabajo le dije que me llamara más tarde. Entre medio, para saber si sería o no un loco preferí guglear su nombre. El resultado: una página de LUN donde entrevistaban a un señor que escribía miles (literalmente) de cartas al diario y lo entrevistaban por su peculiaridad.En su segunda llamada me contó que lo habían vetado en los diarios, y quería que lo ayudara para publicar algo muy importante: la publicidad “ensuciarse hace bien” de OMO era terrible, incentivaba a los niños a estar en contacto con gérmenes que les podían hacer mal... ¡Pensé que era broma! ¿Creería que le conviene a los niños quedarse en la casa cual anémicos? ¡Que el contacto con la tierra les forme anticuerpos! Eso es mejor que darles yogures
probióticos para que suplan su vida ascéptica. Pero él no es el único que quiere criar merenguitos. El Gobierno también lo quiso (pero peor, ya que buscaba merenguitos de carácter) cuando prohibió que los niños hasta cuarto básico repitan en colegios públicos (no sé si en los subvencionados).Un experimento como ese (no sé si aún se aplica) podría quizá funcionar si al año siguiente el colegio le pone un profesor con mayor dedicación a quienes no aprendieron, pero en un país pobre como Chile eso no se puede hacer. Por lo demás, el ser humano aprende de las caídas, y para aprender a tener tolerancia al fracaso más vale que el choque con la realidad se produzca en cosas sin mayor importancia como el repetir el curso. Los escolares no son imágenes del Niño Jesús de porcelana como para que los ponga en un fanal.
Lo peor de todo es que el Estado hizo ese experimento a nivel nacional. ¿Por qué no mejor dar libertad para que cada colegio elija el mejor modo de enseñar? Ya es más que suficiente con que se exijan resultados. En esta crítica no estamos solos, y por eso cito a Gabriela Mistral, quizá nuestra profesora más notable: “Me parece una calamidad el Estado docente, especie de trust para la manufactura unánime de las conciencias. Algún día los gobiernos no habrán sino de dar recursos a las instituciones y los particulares que prueben su eficacia en la educación...También pesó sobre mí el Estado docente, centurión que fabrica programas y que apenas deja sitio para poner sabor de alma”.




















