No soy una persona que se codee con gente de la nobleza, por lo que me es fácil recordar cuándo fue la última vez que le hice una reverencia a una persona. Estaba yo en la Corte de Apelaciones cuando una mujer me pregunta si había visto a cierto abogado renombrado (“SU” abogado), o a la ministro Gloria Ana Chevesic (con quien ella tenía que hablar). Yo no había divisado a ninguno de los dos. Agradecida por la respuesta, esta señora me mostró un papel muy importante y reservado. Era una hoja vieja y doblada, llena de timbres de recepción de lugares importantes (tribunales, el Palacio de la Moneda, etc.). Entremedio de todos esos timbres se veía una nota escrita a mano que decía: “La portadora de este documento es la única y auténtica Reina de Inglaterra”. ¡Imagínense mi sorpresa!... esta mujer tenía un título al portador que la constituía en la famosa Monarca. No pude sino hacerle una reverencia y exclamar: “Su Majestad”. Ella se turbó un poco ante mi demostración de respeto, porque me dijo que era muy humilde y andaba de incógnito.Este recuerdo viene porque hay muchas personas que se vanaglorian de ser irreverentes, como si eso fuese algo bueno en sí mismo.
Está claro que sí es buena la independencia que tienen algunos irreverentes para criticar libremente a ciertas instituciones o dignidades. Sin embargo, no es necesario ser irreverente para ser independiente. ¿Por qué enfrentarse en forma irrespetuosa
frente a la institución que se critica? Es perfectamente posible conjugar la benevolencia inicial frente a una institución respetada, para luego criticarla si se descubre algo negativo en su actuar.Lo que sí es negativo es que la ley establezca que determinadas instituciones o cargos merecen una reverencia, o que deben ser tratados con cierto título. Son las personas las que deben determinar qué instituciones merecen o no respeto. Por ejemplo, por qué tratar de “Su excelencia” al Presidente de la República. Tampoco existen muchos motivos para llamar “honorable” al Senador Navarro, ni “Vuestra señoría” al Ministro Carlos Cerda. Quizá esto sí podría ser aplicado a las instituciones como el Senado y los Tribunales en abstracto, pero no tendría tendría por qué extenderse a las personas que la integran.
Ser irreverente con la sola finalidad de ser irreverente es algo ilógico. Si una institución es respetada, es porque históricamente ha tenido un buen actuar, por lo que es más probable que mantenga ese proceder, y que sea uno el que se equivoque si desde un inicio se enfrenta con ella en una mala disposición. Sin embargo, tampoco es lógico que las personas que ocupan ciertos cargos estatales vengan con una especie de título al portador, igual que la esta “Reina”, que indique la dignidad que merecen.
















Justo antes de la edad del pavo se encuentra la edad de la inocencia. Esta breve etapa que los adultos tratamos de cuidar, ya que refleja lo mejor del ser humano: una ausencia de segundas intenciones y de complicaciones innecesarias (cosas que los “grandes” valoramos, aunque pocas veces tratamos de llevar a cabo).


