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domingo, 11 de octubre de 2009

IdD: Gato por liebre

Cada vez que voy a un restaurant trato de pedir algo que no coma generalmente. Un día pedí un “conejo a la cazadora”. No fue nada que me gustara mucho, pero al menos había tenido la suerte de que me tocara un pedazo grande de carne. El problema de este pedazo era que tenía puro hueso y tenía que buscar la carne cual aguja en un pajar. ¿Me habría tocado el pecho del conejo? pero poco a poco vi que este hueso era bastante redondo, y que ¡también tenía un par de ojos y unos dientes amarillos de conejo!... al menos constaté que la liebre no era un gato.

Si hubiese sabido que el chef poco prolijo de ese club me iba a dar esa sorpresita, habría pedido arroz con huevo. La información es fundamental para poder elegir bien en el mercado. Por eso existe la publicidad, y mejor aún, la fama que las personas hacen de las marcas... no muchos pedirán conejo en ese club al que fui. Además, existen normas como las que prohíben la publicidad engañosa y que exigen dar cierta información. Es cierto que muchas veces estas regulaciones son excesivas, y hacen que los pequeños productores no puedan seguir vendiendo sus productos legalmente, por ejemplo, las papas fritas “La Caserita”, que nuestra amiga Juanita hacía en su fábrica artesanal ya no serán legalmente vendidas si ella no tiene la plata suficiente para pagar los estudios necesarios para tener la etiqueta obligatoria de “información nutricional”.

Cierta regulación mínima es buena y necesaria para hacer que el mercado funcione bien, especialmente aquella que protege la libre competencia, pues impide que ciertos productores pongan barreras a la entrada... ¿barreras a la entrada? ¿no se buscaba impedir los monopolios? No, en principio no hay ningún problema con los monopolios, ya que si ellos empiezan a cobrar de más, no podrán aprovecharse de los consumidores por mucho tiempo, ya que al poco andar aparecerá un competidor que quiera obtener los frutos de ese mercado (como vimos en el posteo anterior). El verdadero problema es cuando el productor actual impide a través de medios ilegítimos que otro le haga competencia, por ejemplo, amenazando a quienes le venden la materia prima para que no le vendan al nuevo competidor. Otro ejemplo es la misma regulación, que también puede ser una barrera a la entrada, como por ejemplo aquella excesiva que hace que personas como doña Juanita no puedan ingresar al mercado de los alimentos.

También hay monopolios en los que es imposible (o casi) la competencia, ej.: agua potable, caso en el cual se puede requerir una regulación para que no se nos pase gato por liebre, siempre y cuando esta regulación sea justa y no estemos nosotros obligándolos a cargar con el gato.

domingo, 4 de octubre de 2009

IdD: In medio virtus

El otro día pensé que los fabricantes de cepillos de dientes (llamémoslos “Tiburones”) habrían creado el hilo dental como una primera fase de un plan siniestro para encarecer sus escobillas. El proceso sería el siguiente:

1. Tiburones creó el hilo dental (el de verdad, no el traje de baño brasileño). Este producto requier
e de todo un tratamiento innecesario y previo al lavado de dientes, cosa que nadie hace (salvo después de un asado dieciochero o alguna ocasión similar).
2. La empresa mantiene el producto por varios, a pesar de que no es necesario.
3. Durante estos años convencen a los dentistas de que el producto es saludable. Esto no es difícil de hacer, ya que casi todo lo desagradable le hace bien a los dientes (sacarinas, frenillos, lavarse los dientes a cada rato, etc.), y todo lo agradable mal (comer a deshoras, café, etc.).
4. Los dentistas empiezan a recomendar el uso del hilo dental.
5. Esto produce una combinación perfecta para los planes de estos productores: uno no usa el hilo dental, pero como es saludable le da cargo de conciencia no hacerlo.
6. Ahora es el momento preciso para que estos fabricantes maquiavélicos actúen: ¡crean un cepillo de dientes que no sólo lava los dientes, sino que además tiene el mismo efecto que un hilo dental! Lógico que este cepillo será mucho más caro que la escobilla normal, pero debido a nuestro cargo de conciencia será un éxito en ventas.
7. Por si acaso, por si Tiburones pudieran seguir ganando plata, agregan esto: “los dentistas advierten que el uso de este cepillo no debe excluir completamente el uso de hilo dental”.

Esta paranoia no me duró mucho. La existencia del mercado es garantía de que esto no es así, ya que es muy difícil que se produzca el paso 2. Si un producto no es usado por la gente desaparecerá, ya que no es negocio para el productor, a menos que a éste le conviniera irse a pérdida por varios años confiando en lo que ganará con estos cepillos especiales, pero esto es difícil de sostener en un mercado con competencia. Recordemos que en el mercado funciona la ley de la oferta y la demanda, lo que significa que si la gente quiere algo de lo que hay muy poco, la gente se los peleará, con lo que el vendedor podrá regodearse con el precio y cobrar más caro. Esto hará que sea un buen negocio y que otras personas quieran fabricar lo mismo, lo que hará que haya más oferta y sean los vendedores los que deban pelearse a los compradores, con lo que el precio bajará. Estos subires y bajares harán que el precio llegue a un punto fijado por las necesidades de vender y comprar de las personas, lo que se llama precio de equilibrio.

¿Pero qué pasa si hay un monopolio, o si los pobres no pueden comprar lo necesario para la vida, etc.? Las respuestas a ésta y otras preguntas las tendremos en el próximo posteo.

sábado, 12 de septiembre de 2009

IdD: Quien te quiere te aporrea

Hace varios años mucha gente que sorprendía de la estúpida frase de Aylwin: “el Mercado es cruel”. Yo no la encontré tan terrible. Es cierto que el Mercado no puede tener sentimientos de crueldad ni de bondad, porque es sencillamente la suma de las decisiones de todas las personas, no un ente que sienta. Sin embargo, muchas veces las personas que integramos el mercado somos crueles, y muchísimas más somos pocos caritativos. Por ejemplo, en el antiguo mercado de las fiestas de 15, en el que las niñas estaban sentadas en una fila de asientos y los niños estaban parados eligiendo a cuál sacar a bailar, la joven de bonita letra no era la primera que sacaban a bailar, sino que muy probablemente de las últimas. La mayoría de los chiquillos no estaba interesado en hacer que la feíta se sintiera bien. La caridad no es algo que caracterice al promedio. Lo mismo pasa en las decisiones al momento de comprar. Si tenemos en un mismo estante un traje de lana de Bellavista Tomé, y otro extranjero más barato de igual calidad, generalmente la gente no dirá: “quiero gastar más plata para ayudar a la industria nacional”. Así el resultado será la quiebra de esa empresa, pero no por la falta de caridad del mercado, sino que de las personas que lo integran.

El actuar de quienes integramos el mercado, quienes buscamos nuestro interés personal, hace que éste propine a algunos el golpe de la dura realidad. Sin embargo, estos aporreos del mercado no son en vano. Después de la tormenta viene el Sol. Así, por ejemplo, el gobierno de Pinochet fue quizá el que vio más quiebras de empresas y suicidios de empresarios, producto de la poca competitividad de empresas que no resistieron la apertura comercial del país. Sin embargo, gracias a esas quiebras los recursos que estaban siendo utilizados en forma ineficiente en esas empresas fueron reasignados en otras industrias más eficientes, y logramos que en los 90 creciera la clase media y se nos llamara el Jaguar de Latinoamérica (título que se depreció con el paso del tiempo… o de la izquierda).

El mercado no es un guante de seda, pero quizá eso no es lo que necesitamos. Del mismo modo en que un niño que no recibe ninguna palmada terminará probablemente siendo un merengue abúlico, ingrato y maleducado, los países requieren de ciertos aporreos del mercado. Las fiestas de 15 son útiles para que las gorditas aprendan a ser simpáticas, y las desaliñadas a arreglarse un poco más.

domingo, 9 de noviembre de 2008

I.deD.: Al que quiera celeste, que le cueste

Un profesor de la Universidad solía hablar del “Efecto Fisa”, era bastante gráfico.  ¿Se acuerdan de esa feria de la tecnología llamada Fisa?  Él decía que cuando éramos niños e íbamos para allá nos metíamos a todos los stand, aunque fueran de tractores agrícolas para cosechar dátiles en los Emiratos Árabes Unidos, y pedíamos siempre folletos.  ¿Por qué? ¿estábamos interesados?  No, sencillamente porque esos papeles eran “gratis”.  No hay palabra más atrayente que esa.

Y dentro de los choques culturales que me he encontrado en algunos países de Europa, es que he 
visto que cobran por las cosas más increíbles, como las bolsas en los supermercados, los ketchups en los McDonalds, y hasta he visto que piden consignación por los vasos usados en los bares.

Cuando uno ve eso, al principio piensa que eso ya es sacarle mucho el jugo al negocio, pero no es fácil recordar como uno mismo ha botado sachets nuevos de ketchup al basurero (cuando no me los llevo de vuelta a la casa), o que reusa las bolsas del supermercado como bolsas de basura.  

Finalmente las cosas gratis no se aprecian, o si se aprecian por algunos (como yo con las bolsas de basura y los ketchup que me llevo a la casa), hacen que sean todos los demás los que ven 
encarecidos los precios de sus hamburguesas o de sus productos de supermercados para que yo pueda llevarme gratis esas cosas a la casa.

Al que quiera celeste, que le cueste… ahora hasta estoy dándole vueltas a eso que hacen en otros países donde cobran por entrar en algunas iglesias históricas.